Es inevitable que al trabajar en un restaurant, uno se cruce con muchas historias cada noche. Gente que mirás admirado, gente que te desagrada, gente que gusta, algunos que te hablan, otros que te reconocen como argentino.
Ya me han pasado algunas cosas que hubieran merecido ser escritas, pero hoy le dedicaré un apartado especial a una que sucedió esta noche.
La noche parecía tranquila. Un lunes. Poca gente. La justa para trabajar sin correr. Llegadas las 12 una pareja entra a la sala que suelo llevar adelante. Me los encuentro sentados en una mesa grande. Pero solo eran 2. Me presento y los saludo. Ella era no vidente. Y al instante que reconoce en mi, una voz femenina me pide que la acompañe hasta donde están los baños. Se para y la tomo de la mano. La llevo hasta el lugar que apenas estaba a pasos de donde estaban sentados.
Él, mientras tanto, habla por teléfono.
Cuando ella regresa él le explica que tiene que irse un momento por una pequeña complicación familiar, pero que estaría de regreso en apenas unos cinco minutos. Piden de beber y para cenar. Él se va.
Solo queda ella en la sala inmensa. Y yo. Que intuyo que debería quedarme ahí por si necesita algo.
Ella toca cada elemento que está posado en la mesa. Sus texturas. Lo frío que está el vaso de la cerveza sin alcohol que bebe.
Saca su móvil. Revisa su bolso. Sabe perfectamente donde están cada una de sus cosas. Comienza a tener un poco de frío. El calor de Madrid es sofocante, por eso el aire acondicionada está casi a tope. Ella se pone su saco.
Sigue tocando los elementos. El metal de los cubiertos, el cenicero. El cuero del chester sobre el que está sentada. De fondo suena una versión del Aleluya. Parece que se encuentra a gusto. Repentinamente, y creo que por algún ruido que hago ordenando una copas, me habla. Me pregunta si soy argentina o uruguaya. Le respondo que soy de Buenos Aires. Me cuenta que pronto estará de viaje por ahí. Me dice que ya que no puede ver, quiere imaginarse sus propias películas imaginando los lugares, y que quiere recorrer el mundo viajando.
Al instante siguiente, el hombre que la acompañaba baja las escaleras, y la conversación se disipa.
Me pregunto como será no poder ver. Está obseción ya la tuvo Pedro Almodóvar, y por eso rodó "Los abrazos rotos".
No imagino la vida sin poder verla. Los colores, la gente, las formas, las caras... Debe ser algo difícil de explicar y entender.
Hoy puedo verlo todo, y voy a aprovecharlo, sin olvidarme que existen muchas formas de "ver", más allá de nuestros ojos.
L .-
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Grande mi profe de Guión. Susana
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